noviembre 26, 2022

«Los hombres abortan masivamente a hijos que ya nacieron»

Si bien la columna vertebral del último libro de la mexicana Alma Delia Murillo es la búsqueda del padre, muchos otros temas de suman al viaje que hace para encontrarlo, entre ellos la impunidad con que los hombres abandonan a sus hijos.

 

«No te conozco, no sé el color de tu piel, la forma de tu mirada, tu estatura, tu peso, tus manos, tu voz. No sé nada de ti. Y sin embargo soy tú».

Poco después de cumplir 40 años, la escritora y columnista mexicana Alma Delia Murillo partió en busca de su padre al que por décadas creyó muerto.

Y de alguna manera nos llevó a todos con ella. Porque la obra en la que relata su travesía, «La cabeza de mi padre», está repleta de imágenes -unas duras, otras poéticas- con las que es muy fácil identificarse. Su viaje es tan real como metafórico, tan personal como universal.

Murillo tenía 7 años cuando su padre se esfumó. «Fue por cigarros y no volvió, como decimos aquí».

Su infancia estuvo marcada por ese abandono y por la pobreza, por el hambre y el esfuerzo, pero también por los libros y los juegos, las peleas y los arrebatos de una familia numerosa. «Crecer con siete hermanos es la cosa más divertida del universo», dice, y su sonrisa es tan grande que no cabe en la pantalla de zoom.

Autora de 4 novelas, trabajó durante dos décadas en el mundo corporativo hasta que decidió juntar coraje, dejar atrás «esa frustración que le mordía el alma», y dedicarse a su pasión: la literatura.

Su vida merecía ser contada, y con «La cabeza de mi padre» le hizo justicia escribiéndola.

BBC Mundo habló con ella en el marco del Hay Festival Querétaro, que se realiza en esa ciudad mexicana entre el 1 y el 4 de septiembre.


Empecemos por la foto de tu padre decapitado que ocupa la portada del libro, esa foto a la que alguien le arrancó la cabeza. ¿Tenías conciencia de que era una imagen tan universal?

¿Ay, sabes? Eso yo lo intuía. Intuía que en todas las familias -o al menos en muchas- podía haber algo así.

Pero ahora que la novela lleva unos meses circulando, no salgo del pasmo de la cantidad de gente que se siente identificada con la foto, que no es la original, sino una propuesta, pero se le parece mucho.

Son muchísimas las personas que se me han acercado y me dicen, oye, en mi casa también, la foto de mi abuelo no tiene la cabeza, la foto de mi papá no tiene la cabeza.

Para mí, era una imagen fundamental. De niña la vi un montón de veces.

Es una foto en que la cabeza se arrancó con furia. No está recortada de forma elegante. No hay Photoshop ni retoques; es la foto de una cabeza arrancada con violencia, y tiene una enorme carga simbólica.

No solo la de un padre que se va y es decapitado, sino la de cuál es la familia que late en el corazón de México y de muchos países latinoamericanos, ¿no?

Nuestras familias andan así, medio decapitadas.

Las cifras que aparecen en el libro hablan por sí solas. Destacadas que en México hay unos 26 millones de hijos sin padre, según las cifras oficiales. ¿Qué efectos crees que tiene esto en la sociedad mexicana?

Un efecto brutal.

Yo elegí una estadística que es la más conservadora, pero hay cifras que dicen que hasta en el 40% de los hogares mexicanos el papá se fue.

En México, todos somos hijos de Pedro Páramo, digo yo, el personaje de la novela de Juan Rulfo. Todos fuimos abandonados por él y somos su hijo, Juan Preciado, buscándolo. O Juana Preciado, claro. Porque también habemos muchas hijas buscando al padre.

Y eso por supuesto que tiene un montón de consecuencias.

El arquetipo nacional del padre ausente se vuelve determinante a nivel colectivo, porque crea historias de supervivencia muy duras, donde las madres -como la mía- se hacen cargo solas contra viento y marea, supliendo los dos roles, siendo proveedoras, pero teniendo que además que educar.

Este país está hecho de eso.

De mapás, como dice tu propia madre.

Completamente.

Y también está esa cosa súper permisiva de que los hombres se pueden ir.

Llegas a decir que los hombres abortan de facto a sus hijos y sin necesitar ninguna ley?

Ni ley ni pañuelo verde, y ni nadie los juzga ni los considera inhumanos, o diabólicos.

Es muy distinto del tratamiento que recibe una mujer que abandona. Ella sí que es diabólica y no tiene humanidad.

Imagínate lo que ha costado promover la ley de la interrupción legal del embarazo. Mientras escribía este libro justo se despenalizó el aborto en México, y yo pensaba, pues si los hombres abortan masivamente -como mi padre- a hijos que ya existen, ni siquiera al cigoto o la mórula. No, a niños y niñas ya nacidos.

Es así y no está prohibido, ni vemos a la Iglesia o las asociaciones políticas saliendo a marchar contra los hombres que abortaron a sus hijos.

Por muchos años tú crees que tu padre está muerto, y cuando te enteras por casualidad de que no es así, escribes que «es más digno tener un padre muerto que un padre que no te quiere y duele menos«. ¿Crees que las familias monoparentales siguen siendo un estigma?

Sí, claro. Esto es pasar de ser una estadística a contar una historia, y contar la historia duele.

Con la estadística uno se puede camuflar en medio de los números y ya está, pero cuando hablas del abandono en una comida, en una reunión, cuando se te aparece en el formulario de solicitud de empleo o del pasaporte esa línea que dice «nombre del padre», esa ausencia da vergüenza.

Es como el elefante en la habitación, porque nos sentimos inadecuados. Quedamos del lado de los incompletos.

Compartir eso, hacerlo parte de nuestra identidad pública sigue siendo difícil, y aunque a mucha gente no le guste, lo voy decir: tiene que ver con esta narrativa patriarcal donde las emociones no se ponen en el discurso público. Nosotras sí, las mujeres estamos mucho más dispuestas a hacerlo.

Es curioso que mientras buscas a tu padre, de alguna manera encuentras también a tu madre. El relato que haces de ella es muy completo, e incluye algo que es muy contraintuitivo de la idea de familia ideal que tenemos en América Latina, que es cuando ella decide ausentarse. Es una paradoja súper bonita.

Me emociona que me lo digas? No sé si lo había pensado así.

Mi madre me hizo un regalo enorme. Me regaló la libertad. Cuando me iba a ir de la casa, me preguntó «cuándo te vas… para no estar». Me dejó el espacio para irme, para no dudar. Me regaló no mirarla, desapareció para que yo tuviera la fuerza de irme sin mirar atrás.

Es algo muy generoso, pero duro también, como un regalo envenenado pienso a veces, porque estamos hablando de nuestros orígenes, y uno no quiere traicionarlos.

Y yo, como tantos otros mexicanos, le debo tanto a mi madre. Yo pude estudiar en la universidad porque ella limpiaba casas, porque trabajaba como empleada doméstica, y cada vez que lo cuento en público o escribo alguna columna al respecto, no sabes la cantidad de gente que me dice entre vergüenza y no que ellos tienen la misma historia.

Ella fue muy generosa. También me regaló su alegría, que a mí me sigue pareciendo inexplicable e inaudita. En medio de todo lo que vivió, siempre fue una mujer con alegría.

Por eso al final intento devolverle el poder de elegir que no tuvo, porque se pasó 20 años pariendo y criando, y le digo «eres libre, vete, no seas solo una mamá, sé una mujer».

Y efectivamente, la muestras como mujer: «Mi madre se enamoró como bestia. Yo lo vi… Se enamoró y se incendió en sí misma«. ¿Se habla muy poco de las madres enamoradas, no?

Es que en México y en todos nuestros países, existe esta adoración a la madre, la Virgen, la Santa Madrecita, que es intocable, perfecta, pura, pero esa es una forma de castradura ¿no?

La madre también puede ser una señora enamorada, desesperada. Yo creo que mi madre estaba en una calentura, en un arrebato sexual.

De niña me enojé por eso, pero ahora digo, ay, qué bueno que lo vivió y qué bueno haber sido testigo.

Hablemos del viaje para encontrar a tu padre. O más bien de los viajes, porque la travesía es en varias dimensiones?

Sí, en realidad es una serie de búsquedas y viajes. No es sólo el road trip por esa carretera de Michoacán buscando a un padre al que no veía hacía 40 años, sino también un viaje en que se vuelve a contar el origen, de dónde vienes y quién eres.

Y cuando eres como yo, una mujer que creció en una zona marginal, en un país latinoamericano, morena, de pelo negro, pues tienes una historia que contar que va a implicar desde luego clasismo, violencia, violencia de género, ¿no?

Pero cuando me preguntan si escribí una novela feminista, me hace gracia. Es que digo no, no es que uno se siente con su pila de libros de teoría feminista, sino que te sientas a contar una experiencia. Y cuando las mujeres contamos nuestra experiencia, está atravesada por eso.

El viaje también está marcado por una especie de recorrido social, de lo que llamamos movilidad social, que es un fenómeno complejo y que en un país como México es muy difícil de conseguir.

Hay estadísticas demoledoras, que dicen que por las siguientes tres generaciones la gente se queda en el mismo decil social, socioeconómico, el mismo nivel de ingresos que sus padres.

Aparte de la violencia más explícita que describes y que tú misma sufriste, hay otra más cotidiana, cuando te refieres a esa frase tan típica de «tan solita que estás«, y rematas diciendo » la insensatez más incomprendida es elegirte a ti misma«. No se puede dudar que hay avances en temas de género, pero ¿avanzan más rápido los discursos que la realidad?

Es que sigue sucediendo, ¿no?

Mira, si tienes un oficio como el mío, por ejemplo, tan neurótico, en el que yo necesito estar sola para escribir, quiero silencio y soledad, el juicio ha sido siempre muy duro: de egoísta, narcisista, vanidosa, en fin.

Pero yo necesito eso y punto. He intentado vivir en pareja y me sale fatal.

Y sí, es cierto que hay avances, claro que los hay. En México se ha despenalizado la interrupción del embarazo y empieza a haber cierta paridad en las cámaras, en el gobierno, en los gabinetes, hablamos de nuestros temas, se hacen públicos.

Pero, ¿sabes qué? El otro día lo discutía con una amiga. A pesar de que todo esto pasa, los feminicidios siguen aumentando. Estamos hablando de 3 mil al año. Y cada vez hay más.

¿Qué es eso? ¿Qué es este discurso? La curva tendría que ser inversamente proporcional, pero no. Y eso es porque las leyes, las decisiones, el poder judicial, penal, las industrias, las empresas, siguen mayoritariamente en manos de este modelo masculino y de hombres.

¿Y cómo se rompe esta cadena?

Uf, es tan difícil.

Ahora mismo estoy en un proyecto, escribiendo guiones para un podcast sobre feminicidios. Diez feminicidios. Y ha sido brutal. ¿Sabes qué es tan duro y tan, tan palpable y material? Como el tema de la impunidad atraviesa todos los casos.

Al final, la conclusión es que los hombres matan porque pueden, porque saben que no les va a pasar nada, porque las fiscalías no persiguen los casos. Porque incluso a feminicidas confesos los liberan.

Estamos ahora viviendo una cosa horrible, que es que en algunos estados del interior de México se ha visto una tendencia de quemar a las mujeres. Vivas. Con fuego directo o con ácido. Van 47 en este año. Porque pueden.

Entonces creo que, claro, nos podemos meter en temas más soft y discutir que si la educación, la permisividad, la cosa cultural, pero a mí me gusta interpelar a los hombres, voltear y decirles a ellos, «oigan, ¿no tendrían ustedes también que estarse preguntando por qué lo hacen, por qué pueden, por qué no funcionan las leyes?».

Sí, la impunidad la tienen que desbaratar en términos legales, jurídicos, en las fiscalías, pero también la tienen que desbaratar los varones. Creo que ahí está el corazón de esto.

¿La falta de empatía que describes en el libro cuando hablas del racismo sigue la misma lógica del discurso más avanzado que la realidad? Hablas de los castigos que sufrías en el colegio, de la humillación por llegar con piojos?

A ver? En México, sobre todo en los últimos dos años, hay una discusión encarnada porque muchísima gente en la opinión pública dice que en este país no hay racismo, pese a que organismos como la Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación dicen que todo está marcado por el color de la piel.

Es parecido a lo que dice el colectivo chileno Las Tesis: ¿por qué todas las mujeres conocemos a alguien de quien han abusado y los hombres no conocen a ningún amigo que lo haya hecho? Porque no lo ven.

Si lo traslapamos al asunto del racismo, y este como castigo a la pobreza y al color de piel, pues no lo ves si estás del lado de los de piel más blanca. Y eso me parece importante decirlo. Yo ni nombre le pongo, solo les estoy contando mi experiencia.

Yo he visto cómo reacciona una sociedad con una madre como la mía, que tiene ocho hijos y cómo aplauden y le hacen portadas en la revista Hola a otras mujeres que tienen seis o siete hijos, pero tienen un apellido y una herencia patrimonial.

Esos hijos sí están bien, pero los de la pobreza no.

Volvamos a la cabeza de tu padre. ¿Qué pasa cuando lo encuentras? Tú misma dices que «el verdadero milagro es cambiar de punto de vista«. ¿Te cambió a ti?

Sí, sí. O sea, es la sensación de estar completa.

Lo digo en el libro: si cortar cabezas es difícil, ponerlas en su lugar es una proeza demoledora.

Yo me pasé 40 años andando, escribiendo, pensando que a lo mejor me hice escritora porque tenía una necesidad de tejer textos para contar esta historia, para nombrarla. He hecho años de terapia aprendiendo que hay un yo narrativo que se puede componer.

Y la sensación que tengo es esta: creo que mi padre está aquí y está completo. Sí, tengo papá, pero además, como estoy tan loca, a veces hablo con él.

Tengo enmarcado el pañuelo rojo que era suyo y que me llevé cuando lo conocí poco antes de que muriera. Un amigo lo convirtió en una pieza.

De pronto paso por ahí y le digo «bueno, bueno, cabrón, te estás poniendo a mano, ¿no?»

Lo siento aquí, presente.

Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Querétaro, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad mexicana del 1 al 4 de septiembre. Sigue aquí toda la cobertura.

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